LA VIDA ES TAN CORTA…
El 24 de abril de 2008 recibí esta historia. En esos días, las redes sociales eran muy distintas a como son ahora: se compartían más mensajes de fe, esperanza y reflexión. La he vuelto a leer recientemente, y quiero compartirla contigo. Tal vez, como a mí, te ayude a detenerte un momento y mirar hacia adentro.
Esta es la historia de Tommy, un estudiante de teología, y de cómo Dios… lo encontró. Fue escrita por John Powell, profesor de la Loyola University en Chicago, y aquí la comparto como una entrada más de este caminar: el proceso de reconocer que Dios siempre ha estado, aunque a veces lo ignoremos.
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Hace unos doce años, estaba de pie observando a mis estudiantes en su primer día de clases de Teología de la Fe.

Fue entonces cuando vi por primera vez a Tommy. Su larga cabellera rubia, que caía por debajo de sus hombros, me hizo encasillarlo de inmediato: “Muy extraño”, pensé. Tommy pronto se convirtió en el ateo de la clase. Siempre tenía objeciones, se reía sarcásticamente ante la posibilidad de un Dios que nos ama incondicionalmente.
Al final del curso, me entregó su examen y me preguntó, con una mezcla de cinismo y honestidad: —¿Cree usted que alguna vez encontraré a Dios?
Decidí responder con una pequeña dosis de terapia de shock: —¡No!
Él se quedó perplejo. —¿Por qué no? Pensé que ese era el producto que usted vendía…
Esperé a que caminara unos pasos hacia la puerta antes de decirle en voz alta: —¡Tommy! No creo que tú encuentres a Dios… Pero estoy absolutamente seguro de que Él te encontrará a ti.
Él encogió los hombros y se fue. Yo me quedé con esa frase flotando, sin saber que volvería a él mucho después.
Me enteré que se había graduado. Luego, supe que estaba gravemente enfermo. Cáncer terminal. Antes de que pudiera buscarlo, Tommy vino a mí.
Cuando lo vi, su cabello ya no estaba. Pero sus ojos brillaban de una manera distinta. Me dijo que tenía cáncer en ambos pulmones, que le quedaban semanas.
Le pregunté qué se sentía tener 24 años y estar muriendo. Su respuesta fue reveladora: —Podría ser peor… Como llegar a los cincuenta sin valores o creyendo que lo máximo en la vida es seducir, beber y hacer dinero.
Me sorprendió esa madurez.
Tommy me contó que, tras enterarse de su enfermedad, recordó lo que le dije aquel día: “Él te encontrará a ti.”
Al principio, buscó a Dios con intensidad, golpeó las puertas del cielo con todas sus fuerzas. Nada. Silencio. Se cansó. Se rindió. Y en esa rendición, decidió simplemente amar. Recordó algo más de mi clase: “La mayor tristeza es pasar por la vida sin amar, pero también lo es pasar por la vida sin decirle a quienes amas… que los amas.”
Y así, comenzó con su padre:
—Papá, te amo.
Su padre lloró. Lo abrazó. Hablaron toda la noche. Luego vino su madre, su hermano… Les dijo lo que nunca había dicho.
Entonces, un día, sin buscarlo… Dios estaba ahí.
No cuando lo exigía. No bajo sus condiciones. Sino cuando él se abrió al amor.
Antes de morir, Tommy me llamó. Me dijo que quería contar su historia en mi clase. Le dije que sería un honor. Hicimos la cita. Pero no llegó. Tenía otra cita, una más importante: con Dios.
Antes de partir me dijo:
—¿Le dirá usted al mundo por mí?
Le prometí que sí. Y hoy, cumplo esa promesa.
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Si esta historia tocó algo dentro de ti, abre tu corazón. Deja que el amor —y no el miedo— sea la voz que guíe tu camino. Y si sientes que alguien necesita este mensaje… compártelo.
Gracias por llegar hasta aquí.
💛 Te invito a seguir explorando este espacio donde la fe, la sanación y la esperanza se entrelazan palabra a palabra. Dios siempre nos encuentra.
