Aprovechando unos días libres, decidí emprender una aventura: viajar sola. Y aunque confieso que no fue fácil, fue una de las experiencias más hermosas que he vivido. Me encontré conmigo misma, con mis pensamientos… y también con Dios en cada paso del camino.
Lo primero que aprendí fue que no estaba sola. Dios siempre camina a mi lado y me envió ángeles en todo momento. Aprendí a reconocerlos y a agradecer cada señal, cada sonrisa, cada ayuda inesperada.
Todo comenzó en la terminal de transporte. No sabía cuál era el camino ni cuánto demoraría en llegar. Me lancé con fe y puse en práctica el viejo dicho: “preguntando se llega a Roma”. Fue entonces cuando conocí a mi primer ángel: un chico amable que entabló conversación, me dio recomendaciones y me indicó cómo llegar a los lugares turísticos.
Al llegar al primer muelle, había una fila larguísima. Para mi bendición, necesitaban solo un puesto más para completar la lancha. Como yo iba sola… ¡me tocó a mí!
Ya en la isla, debía “salir del muelle y tomar a la derecha” y buscar el muelle de las lanchas taxis. Pero claro… tomé “la otra derecha” jajaja. Caminé bajo el sol, disfrutando el paisaje, hasta que llegué a una estación de bomberos y pregunte por las lanchas taxis. Allí encontré a mi segundo ángel, quien sonriendo me dijo: “Joven, creo que tomó la otra derecha”. Sí, amigos… ¡doblé a la izquierda! Jajaja.
De regreso al muelle correcto, apareció mi tercer ángel, un señor amable que me preguntó a qué isla iba. Me cobró menos de lo usual, y me llevó solo a mí. Al despedirme me dijo: “Usted tiene buena vibra”. ¡Esa frase se me quedó grabada!
Al llegar al hotel, me informaron que la cabaña que reservé no estaba disponible. Pero mi fe ya estaba afilada. Pensé: “Una bendición más viene en camino”. Y así fue: me asignaron la mejor cabaña. ¡Terminé de ser feliz!
Disfruté mi paseo a plenitud. Y regresé convencida de que no estamos solos. Dios siempre cuida de sus hijos. Desde ese día me siento más libre. He aprendido a aceptarme tal cual soy, a vivir un día a la vez, con positividad y sin perder la fe.
Viajar sola me ayudó a encontrar lo que realmente necesitaba: un reencuentro conmigo misma, con Dios y con la vida. Atrévete a hacer algo que te da miedo. A veces, en el silencio de la soledad y la incertidumbre, es cuando más claro escuchamos a nuestro corazón… y a Dios.
No esperes tener compañía perfecta para vivir experiencias hermosas. A veces, el mejor viaje es el que haces contigo misma.
¡Bendiciones!





