
Y finalmente, la mujer.
Soy una mujer divorciada. Aunque muchos insistan en que ese estado civil no existe «que solo se es soltera o casada», yo digo con orgullo que estoy soltera después de un matrimonio de 25 años. Una etapa de mi vida que, más que un fracaso, fue una gran escuela: aprendí, crecí, evolucioné y descubrí nuevas formas de ver y vivir la vida… de la mejor manera.
Después del nacimiento de mi segundo hijo me casé por la iglesia, y como mujer de fe, pensé que debía cargar con esa cruz para siempre.
Me sentía atrapada en un compromiso que se volvía cada vez más pesado… hasta que un día, un ángel me dijo algo que me marcó para siempre: «Tienes el machete debajo del brazo, ya cumpliste con tus hijos, con tus padres, con tus suegros. Te libero… ahora te toca ser libre tú.»
Ese año fue decisivo. O mejor dicho, fue un año de grandes pruebas. En solo doce meses enfrenté un fibroma canceroso que casi me cuesta la vida, la pérdida de mi padre, mi hermana, mi jefe y mi suegra. Y como si fuera poco, problemas irreparables en mi matrimonio. Aún así, jamás dejé de sonreír. Fue el año en que decidí reescribir mi historia.
Hoy puedo decir que me reconstruí. Me mudé de provincia, me gradué como profesional, compré mi casa, mi carro, sigo estudiando, sigo creciendo y rodeándome de personas maravillosas. Y sí, ¡amo este nuevo capítulo! Si Dios me lo permite, aquí espero quedarme hasta mi jubilación.
He aprendido a vivir un día a la vez, a disfrutar mi soledad, a perdonar y, sobre todo, a perdonarme. Hoy cuento mi historia sin dolor, sin rabia, sin rencores. He aprendido a vivir conmigo… y ¿saben qué? ¡Esto es lo máximo!
Heme aquí, siendo una mujer casi realizada «sí, casi» porque aún guardo la fe y la esperanza de que Dios me conceda el regalo de vivir un amor verdadero. Porque puedo disfrutar mis días de soledad… pero no creo haber nacido para vivir eternamente sola.
Bendiciones gente… y no se vayan, que esto aún no termina. ¡Continúa la lectura!
