
¿Saben? Mis hijos fueron el motor que me impulsó a retomar un sueño pendiente. Recuerdo el día que me dijeron con esa madurez que sorprende: “Mami, es hora que inicies tu carrera profesional. Siempre nos diste prioridad, ahora te toca a ti. Eres joven e inteligente. Te apoyamos.”
Y así fue. A mis 38 años, decidí iniciar la universidad. No fue nada fácil: comenzar a estudiar siendo adulta, con mil responsabilidades encima, y además siendo bachiller en comercio, ¡sin una base en ciencias! Pero me lancé. Me inscribí en la carrera de Ingeniería en Sistemas. Al principio temía no estar a la altura, pero pronto me descubrí rodeada de compañeros que me animaban, que me hacían sentir parte del grupo y que hoy con orgullo llamo “mis hijos adoptivos”.
Mi rutina era intensa: me levantaba a las 5:00 a.m. para trabajar, ir al gimnasio, asistir a clases, estudiar. A las 11:00 p.m. terminaba mi jornada… ¡y aún los sábados me embarqué en un diplomado en otra provincia! Viajaba largas horas en bus, pero ahí estaba yo, con cuadernos y fe en mano, convencida de que lo lograría. Y lo logré.
Los domingos eran para recargar el alma: ir a misa, participar en la iglesia, agradecer a Dios por la fuerza, la sabiduría y por mis hijos, que fueron mis cómplices en esta gran aventura.
Hoy soy profesional, y sigo estudiando… ¡sí, esto ya parece mi pasatiempo favorito! Pero lo más valioso es la lección que me quedó: «Con disciplina, fe, responsabilidad y obediencia, no hay imposibles.»
Y sí, lo dice esta mujer que de niña no la controlaba ni el viento… ¡pero que aprendió a volar con dirección propia! 😄
Bendiciones gente… y sigue leyendo, porque mi historia apenas comienza.
