
Aquel día sentí que el mundo se me venía encima… ¿Cómo contarles a mis padres? ¿Cómo enfrentar una situación tan grande sin apenas haber empezado a vivir? Yo era una niña de tan solo 17 años… y lo único que tenía claro es que no me quería casar.
Se te vienen mil preguntas a la vez, y todas sin respuestas claras: ¿Qué será de mi futuro? ¿Qué dirán los demás? ¿Y si no estoy lista?
Recuerdo haber hablado con mi novio de entonces. Él siempre asumió su responsabilidad, y eso debo reconocerlo. Sin embargo, lo primero que sucedió fue justamente lo que yo no deseaba: se habló de matrimonio. Yo aún era una adolescente con sueños, con miedos, con una vida por delante… y aunque sentía que algo dentro de mí estaba creciendo, me resistía a dejar de ser “la niña” para convertirme de golpe en “la señora”.
Pasaron los meses, y con 8 meses de embarazo, acepté casarme por lo civil, con el consentimiento de mis padres. Fue una decisión tomada desde el respeto, el deber y el deseo de darle una estructura a lo que ya se venía: una nueva vida.
Ese día me dije: “Bueno, no queda de otra… toca asumirlo con valentía y la mejor actitud”.
Y saben qué… no me arrepiento. Porque ese mismo día que nació mi hija, también nació una mujer.
La madre, la luchadora, la que desde entonces nunca se ha rendido.
Ser madre a tan corta edad no fue fácil, pero sí fue el inicio de una transformación profunda. Me convertí en ejemplo, en guía, en refugio para una niña que hoy es parte esencial de mi motor diario. Aprendí que no hay edad exacta para madurar, sino momentos que te despiertan y te hacen florecer.
Gracias por acompañarme en este recorrido por mis vivencias más personales.
Mi historia continúa… y me encantaría que sigas leyendo cada capítulo que voy compartiendo con el corazón en la mano.
¡Bendiciones gente! Y continúa leyendo… que esto apenas comienza. 🌷💫
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